domingo, 10 de diciembre de 2017

El nuevo Santa

La niña que odiaba el pelo corto pero que ahora lo ama. La niña que solía colocar en hilera a todas sus muñecas para jugar a ser la profesora de todas ellas y que ahora está en el camino de serlo. Esa niña que le entregaba una carta a Santa, ilusionada, esperanzada, con todos los regalos que quería y que ahora se despierta y, medio dormida, va directa al salón y se encuentra con un árbol lleno de regalos para ella.

Santa, como cada 25 de diciembre ha llegado a la ciudad y ha entrado en su casa para dejarle esa cantidad enorme de regalos; los que más ilusión le hacía, los que con más ganas esperaba. La niña corre, rompe el papel que los envuelve y salta de alegría, como cada mañana de cada 25 de diciembre, día en el que sus ojos brillan tanto que las luces del árbol de navidad son insignificantes ante los ojos de todo el mundo.

Santa era quien le trajo esos regalos a la niña por Navidad, hace muchísimo tiempo. Ahora Santa ha cambiado un poco de aspecto: es un poco más alto y delgado, tiene el pelo más corto y más oscuro, al igual que su barba. La barriga ha desaparecido, pero la alegría que trae sigue estando presente. Pero ahora la niña ya no es tan niña, la niña ha crecido, pero el nuevo Santa no se ha olvidado de ella; ha aparecido con un gran regalo para ella. Regalo que ella llevaba esperando muchísimo tiempo, con el que había soñado tantísimas veces. La niña no tan niña había llegado a pensar que nunca obtendría ese regalo, pero, en el fondo, siempre había seguido teniendo una pizquita de esperanza en su interior.
Este año el nuevo Santa se ha adelantado unos cuantos días, no se ha querido esperar al 25 de diciembre; Navidad ha llegado con antelación para la niña no tan niña. Santa aparece de improvisto y le hace entrega del regalo sin avisar, de golpe, totalmente por sorpresa. La niña no tan niña, cuando ve de lo que se trata, cuando ve que es esa cosa que lleva tantísimo tiempo esperando, se aferra al regalo y al nuevo Santa. Grita, llora, salta, sonríe. Está feliz. Está muy feliz.

Está disfrutando del regalo con todo su ser cuando, de repente, el nuevo Santa saca de su saco dos bolsas. La niña no tan niña, curiosa, le pregunta qué es eso que tiene, y el nuevo Santa, apenado, le obliga a soltar el maravilloso regalo para sujetar el contenido que tienen las dos bolsas: carbón, y no del dulce. El carbón tiñe las manos de la niña no tan niña de un negro intenso, horrible, escalofriante.
La sonrisa se ha disipado de su rostro, sus ojos ya no brillan tanto y sus lágrimas dejan de ser motivo de felicidad; la alegría se ha marchado de golpe.

Ahora el maravilloso regalo está en el suelo, apartado, en un rincón, mientras ella sostiene el carbón que se va deshaciendo y adentrando en sus manos. Ella lo quiere soltar y volver a coger el regalo del nuevo Santa, pero no puede, el carbón tiene una fuerza superior a ella, le está ganando la batalla.

El nuevo Santa se sienta al lado del maravilloso regalo y la niña no tan niña le mira con esperanza e ilusión en su mirada, si algo le ha enseñado el nuevo Santa es que la esperanza es fuerte, mucho más fuerte que el carbón. Tras mirar al nuevo Santa le lanza una mirada anhelante al maravilloso regalo que tanto desea coger y, finalmente, ve como sus manos están totalmente negras.

Uno.
Dos.
Tres.

No puede evitar reprimir las lágrimas.
Sigue creyendo en los deseos hechos realidad.
Corre hacia el baño e intenta hacer desaparecer el color negro que ha dejado el carbón en sus manos.

miércoles, 19 de abril de 2017

Ayuda

Estoy sentada en medio de mi cama
con el portátil encima de mis piernas,
con lágrimas en los ojos
y con el corazón roto.

Acabo de ver a una chica
sentada en su bañera,
vestida,
dejando el agua correr,
con las mangas de la camiseta subidas
y con una cuchilla en la mano.

Ficción y no ficción;
la chica se ha cortado las venas,
el agua ya no es transparente,
tiene lágrimas en los ojos
pero su corazón está más que roto.

Durante semanas
ha susurrado,
pedido,
gritado ayuda.
Pero todo el mundo tenía las orejas,
los ojos,
más que tapados.

Una chica se ha suicidado
por ser burlada,
acosada
y violada,
en una serie de ficción.

Me pregunto
cuantas chicas y chicos harán lo mismo
sin un guión de por medio.

Y me torturo pensando
en cuantas muertes harán falta
para evitar que suceda esto,
para concienciarnos,
para saber que tenemos que protegernos
los unos a los otros
y no ser una razón de su muerte.

Estoy sentada en medio de mi cama
con el portátil encima de mis piernas,
con lágrimas en los ojos,
con el corazón roto
al pensar que,
ahora,
alguien está susurrando,
pidiendo,
gritando ayuda
y yo sin podérsela dar.

inspiración: 13 reasons why

jueves, 19 de enero de 2017

Máscara feliz

Siempre creemos conocer la parte más sincera de una persona, hasta que esa persona nos demuestra todo lo contrario. Hasta que su máscara se rompe y queriendo o sin querer nos acaba mostrado su verdadera identidad.

Y aquí es cuando te preguntas: ¿Hasta qué punto llegamos a conocer a alguien? ¿Hasta qué punto podemos pensar que su apariencia es o no es su verdadero yo?

Y nos hacemos esas preguntas porque no sabemos qué hay detrás de una cara feliz o de un “estoy bien, yo siempre lo estoy”. Porque nos creemos simples palabras con un significado totalmente diferente. Porque detrás de ese estoy bien se esconde un necesito ayuda, pero no sé si debo pedirla.

Y ahí es cuando tu corazón se resquebraja.

Lo hace en el momento en que la máscara se cae y ves la verdadera cara de la persona que tienes delante. Y todo cambia. La persona que tú conocías desaparece para mostrarte una totalmente diferente, menos pura, más rota, menos feliz y más necesitada.

Y ahí es cuando entras en pánico.

Pánico de no saber qué decir o qué hacer. Pánico de querer ayudar pero sentir que tienes las muñecas atadas y la boca tapada con un trozo de cinta aislante. Pánico de ver que la persona que tú creías conocer, no lo haces realmente. Que hay muchas cosas que desconoces de ella. Pánico de que la situación, vaya a más y que, en vez de romperse la máscara, se rompa él en sí.


inspiración: él.

viernes, 23 de diciembre de 2016

Pares de besos superficiales por Navidad

Te suena el despertador como cada día, solo que hoy un poco más tarde. Te levantar, te aseas, te vistes… hasta que por fin estás lista. Miras el reloj. Ves que es la una y cuarto. Piensas en diez minutos tengo que salir de casa. Y así lo haces, todo calculado, todo frío.

Sales de casa, te subes al coche, lo pones en marcha. La autopista está vacía, menos mal piensas. No hay tráfico, no hay coches molestando tu trayecto (solo un par que van demasiado despacio para tu gusto). Llegas por fin a tu destino pero ves que la calle por la que tienes que pasar está cortada. Te pones nerviosa, das mil y una vueltas más y por fin consigues aparcar (pagando en un parking, claro).
Sales del coche y te diriges al restaurante donde está toda tu familia sentada porque no han podido esperar a que tú llegases. Esa familia a la que cuyos miembros solo ves una vez al año, y exactamente por esa fecha, por Navidad. ¿Qué son de ellos durante los 364 días restantes del año? ¿Cuándo son sus cumpleaños? ¿Te acuerdas? ¿Se acuerdan ellos del tuyo? Deja que piense… probablemente no.

Entras al restaurante y empiezas a repartir besos y “abrazos” a cada persona que se encuentra sentada alrededor de la mesa. Hola, cuánto tiempo, ¿qué ha sido de ti?, ¡cómo has cambiado!, qué grandes están tus niños, no sabía que tenías novio, ¡te has teñido el pelo! Triste, pero cierto. Te sientas en tu sitio y finges estar con personas a las que conoces perfectamente porque claro, son tus familiares. Pero no les conoces tan bien. Cosas tan simples como sus colores favoritos, si prefieren ponerse camisa o sudadera, si están estudiando, trabajando o en paro. Pondría la mano en el fuego que no sabes nada de eso porque solo habláis tres horas al año mientras coméis.

Acabáis el primer plato, el segundo, el postre y los cafés. Durante todo este tiempo ha habido momentos en los que dos o tres personas salen del restaurante para fumar. Después entran, y después salen otras dos o tres personas más. Alguien de todos tus familiares pagas la cuenta (no sabes bien quién ha sido) y salís a la calle. Todos se despiden entre ellos con despedidas llenas de ¡ya nos veremos pronto!, espero que te vaya muy bien la universidad, ¡cuídate!, pero tú eres la única que dice ya nos veremos el año que viene. La persona a quien se lo dices se ríe, pero tú no lo haces. Quizá porque eres la única que le da peso a las palabras dichas, o porque eres la única que lo siente así.
Te has despedido de todos, otros doce pares de besos superficiales repartidos. Vuelves al parking donde has dejado aparcado el coche, pagas los 9’10€ que te ha valido dejar ahí el coche durante tres horas y te pones en marcha hacia tu casa.


Piensas
bien, ya he cumplido, ¿no? Hasta el año que viene por Navidad.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Espada y pared

Siento estar entre la espada y la pared,
obligada a decidirme por uno de los dos.
Pero siento que no puedo hacerlo,
que no puedo elegir
porque necesito de la espalda y la pared.

Clavada
incapaz de moverme
incapaz de dar un paso adelante
o un paso hacia atrás.

Afilada y fría como la espada
o dura y resistente como la pared.
Cada uno me aporta cosas
que el otro es incapaz de hacerlo.
Tan diferentes,
pero con algo tan en común:
yo.

Justamente en medio
mientras vosotros pensáis
que soy fuerte como la pared
y fría como la espada
cuando en realidad
lo único que soy
es todo lo contrario.

La pregunta es:
¿espada o pared?

Cuando debería ser:
espada y pared
sin signos de interrogación.


jueves, 1 de diciembre de 2016

Sin punto pero con final

El mundo parece fluir con naturalidad,
pero yo no puedo hacerlo.
Me he quedado estancada en un punto
sin poder avanzar ni retroceder,
solamente pued



domingo, 27 de noviembre de 2016

Medio-verdades y medio-mentiras


Ojalá te hiciese perder la cabeza, pero de verdad. Ojalá todo lo que nos decimos fuese de verdad, al igual que todas las miradas que nos mandamos. Porque todo lo que pasa entre nosotros no es de verdad, es de medio-verdad y medio-mentira.

Tus te echo de menos tan sinceros o tus como estás tan preocupados. Tus miradas que son un chute de adrenalina y tus chistes que son ascensores para mi estado de ánimo. Me pregunto de dónde habrás salido (aunque ya lo sepa prefiero fingir que no lo sé) y adónde quieres llegar, con quién y cómo. Aunque la parte de con quién mejor dejémosla pasar, no quiero ver aún la realidad. Dejemos que mis ilusiones sigan alimentándose de medio-verdades y medio-mentiras.

El nuevo Santa

La niña que odiaba el pelo corto pero que ahora lo ama. La niña que solía colocar en hilera a todas sus muñecas para jugar a ser la profeso...